¿Qué necesito hoy? Por Matías Eraso

La vida suele tener un ritmo agitado. Desde el momento en que salís en tu bote al inicio de cada día navegas por un mar repleto de olas de obligaciones que te tocan atravesar. En un momento de tu viaje, cuando el mar te regala algo de tranquilidad, te permitís despejar tu mente y ahí aparecen dos preguntas que rápidamente escribís en un papel que traías con vos, ¿Qué me puedo dar? ¿Qué necesito hoy?


Mientras pensás, en aquellas aparentemente simples preguntas, empezás a ver una isla y crees que es un buen lugar para tomarte un tiempo para pensar en tus preguntas así que decidís hacer una parada allí.


Al llegar, mientras estas amarrando tu bote para que no se vaya, te llama la atención encontrarte con otros botes amarrados, y más te sorprende que al ver detenidamente todos tienen un solo remo, al igual que vos.


A medida que tus pasos van dejando huellas en la arena vas viendo que a lo lejos hay un grupo de niños jugando, por lo que decidís acercarte un poco más para ver qué está pasando. Observas que algunos están jugando a la escondida, a la mancha, otros arman castillos de arena con las manos y algunos son superhéroes.


De repente te percatas de que había otros adultos en la isla, también estaban absortos y confundidos como vos viendo a los niños jugar, por eso no te habías dado cuenta de su presencia. Te preguntaste si estaban ahí por el mismo motivo que vos, buscando respuesta a sus preguntas.


Un pequeño niño, de unos seis años tal vez, se acercó a vos, te miró con sus brillantes ojos verdes y sin decir nada te entregó un papel. No entendías por qué ese niño había interrumpido su juego para darle a un desconocido un dibujo. Se trataba de un mapa del tesoro que había enterrado en esa isla. El niño seguía parado frente a vos, mirándote con una sonrisa y sin decir nada. Incomodo por la situación le preguntaste ¿Qué querés de mi?, y él te señaló el mapa, luego volvió corriendo a seguir jugando con los otros niños. En ese momento te diste cuenta que todos los demás adultos habían visto la situación con el niño.


Por unos momentos dudaste si seguir la invitación que te estaba haciendo aquel sonriente niño, pero luego te acordaste que habías decidido ir a esa isla en busca de algo y que a lo mejor ese mapa te ayudaría encontrarlo.


Luego de darle vueltas y vueltas al mapa, de ir y venir, encontraste el punto que marcaba el lugar donde estaba el tesoro. Te dispusiste a desenterrarlo por lo que miraste a tu alrededor buscando una pala o algo parecido que pudiera servirte, pero no había nada. Recordaste el remo de tu bote y fuiste a buscarlo ya que era lo más parecido a una pala. Volviste al punto donde estaba enterrado el tesoro y empezaste a cavar. Estuviste cavando un rato largo pero parecía que no llegabas a ningún lado. Los adultos, que ya no observaban a los niños jugar sino a vos, comenzaron a caminar hacia sus botes, agarraron sus remos y todos juntos cavaron en búsqueda del tesoro.


Cuando finalmente encontraron algo, se trataba de una caja que al abrirla vieron que contenía una nota. Todos se miraron extrañados, al parecer esperaban encontrar otra cosa aunque no saben muy bien qué.


Al quitarle la arena a la nota leyeron que decía “Instrucciones que deben seguir los adultos cuando juegan”. Empezaste a leer en vos alta las instrucciones; una decía que todos tienen que tener la oportunidad de crear ideas espontaneas que salieran de su imaginación, otra decía que tenía que haber el tiempo suficiente para que todos se involucren, y también se despejen y despreocupen. Había otra que decía que era necesario eliminar los juicios, la competitividad y el análisis. La última instrucción consistía en que al finalizar el juego, todos puedan compartir cómo se sintieron mientras jugaban ya que esto permitía que se fortaleciera la confianza y el sentimiento de pertenencia.


Al terminar de leer las instrucciones se produjo un silencio, se miraron unos a otros hasta que una tímida voz preguntó ¿A qué jugamos? El silencio continuó. Cuando fijaste tu atención hacia los niños viste que se seguían divirtiendo. Te paraste y preguntaste ¿Y si jugamos a lo mismo que ellos? De repente todos dieron un salto y se pusieron de pie; podía verse como la emoción empezaba a recorrer sus cuerpos.


Así fue como algunos empezaron a jugar a la escondida, otros construían castillos de arena; se fueron agregando nuevos juegos, algunos eran mas simples, como ver si te salía la vuelta carnero, y otros hacían que algunos se conviertan en superhéroes para salvar el mundo. Iban pasando de juego en juego para que pudieran compartir entre todos.


Cuando llego el atardecer, exhaustos de tanto jugar pero felices, se sentaron en ronda para así empezar a compartir sus experiencias durante el juego. Caíste en la cuenta de que no sabías los nombres de las personas con las que habías jugado por lo que decidiste empezar contando quién eras y tú experiencia; así lo fueron haciendo uno por uno, al terminar se agradecieron por el tiempo compartido y se prometieron volver a jugar otra vez. Cuando terminaron, se pusieron de pie, tomaron su remo, se despidieron y continuaron su viaje.


Viste que la caja que contenía las “Instrucciones que deben seguir los adultos cuando juegan” había quedado olvidada en la arena así que decidiste entregársela al niño que te había dado el mapa; él y los otros niños seguían jugando. Al acercarte te volvió a mirar con sus brillantes ojos y una gran sonrisa, le diste la caja y nuevamente te dío un papel. Te despediste con una sonrisa y regresaste a tu bote.


Mientras volvías a entrar a ese mar impredecible como la vida, encontraste el papel en el que habías escrito tus dos preguntas al inicio de tu viaje, ¿Qué me puedo dar? ¿Qué necesito hoy? Te acordaste del nuevo papel que te había dado el niño momentos antes, lo leíste y se dibujo una sonrisa en tu cara. En él estaban escritas tres palabras: TIEMPO PARA JUGAR.

Fitz Roy 2074 - 4A

Palermo - CABA

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