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El juego más inteligente

Actualizado: hace 3 días


Qué difícil es volver a conectar con todo lo relacionado a nuestro proceso creativo cuando todas las herramientas que existen hoy, tanto de inteligencia artificial como de comunicación, facilitan, aceleran e intervienen nuestra propia experiencia creativa.

El mundo cambió y, al parecer, todos tienen “opinión de valor” sobre nuestro proceso. ¿Se puede crear sin intentar acomodar, corregir o incluso pensar en el qué dirán cuando todo lo que hacemos se encuentra hoy bajo el escrutinio instantáneo de nuestras redes?


Frente a este contexto, me surge la pregunta de cómo construir un espacio personal creativo protegido del “pensamiento de colmena” y, a la vez, desafiado a tener el valor de compartirse con el mundo a modo de diálogo trascendente y no a modo de búsqueda de viralización momentánea.


Hasta hace unos años, pensábamos a la creatividad como la única competencia verdaderamente ligada a nuestra singularidad. Creíamos que el valor se encontraba allí. En lo que nos hacía irremplazables. Hoy todavía lo creemos. Seguimos buscando, exponiendo e incluso creando estructuras para encontrar cuál va a ser ese único lugar que no será reemplazable por una inteligencia artificial.


Pero quizá ese juego no sea el más inteligente.


No es casual que, frente a la aparición de nuevas tecnologías que revolucionan la manera de hacer las cosas, la crisis más profunda que tenemos hoy sea una crisis de sentido. No encontrar qué lugar ocupamos en el mundo es hoy el principal problema de nuestro proceso creativo y, por ende, de nuestra búsqueda de sentido. Los avances son tan impredecibles e inciertos que, en última instancia, este es un problema no solo del futuro, sino del presente. ¿Qué debería hacer hoy con el mundo que tenemos? Esa es la pregunta síntoma de época.


Pero existe un problema con el modo en que encaramos esta pregunta. Cuando abordamos esta crisis de sentido solamente bajo la lupa de “qué lugar nos deja libre la tecnología”, es como si estuviéramos en el relato de Casa tomada de Cortázar. Es una pregunta resignada. Vamos abandonando territorios, ambientes e incluso espacios porque una tecnología ya lo hace mejor, para terminar encerrados en un espacio pequeño intentando encontrar sentido bajo la pregunta “qué lugar me dejó libre la tecnología”.


Por las dudas aclaro: no se trata de caer en la vieja pelea entre apocalípticos e integrados. ¿O sí? Quizá un poco.


Pensar nuestro lugar en el mundo como punto de partida para nuestro proceso creativo y, por ende, nuestro futuro desarrollo de potencial puede realizarse de manera integrada con la tecnología. Seguro. Lo venimos haciendo desde el comienzo de nuestra civilización.


Podemos adaptarnos y encontrar el sentido dentro de este nuevo mundo planteado en lo que hoy se denomina la cuarta revolución tecnológica. Pero esto no debería hacerse por renuncia, exclusión o resignación, como si nuestro sentido creativo quedara atrapado bajo la frase “esto es lo único que la tecnología no puede hacer hoy”.

Por el contrario, nuestro lugar en el mundo debe construirse por deseo y sentido. Por aquello que deseamos experimentar y defender como parte de la experiencia humana de estar vivos, trascendiendo la variable de que exista una tecnología superior en eficiencia y eficacia. Permítanme desarrollar un poco la idea.


El arte de la cocina es un ejemplo interesante para investigar. Quizá porque es una de las acciones creativas más antiguas y necesarias para nuestra supervivencia, esta práctica humana atravesó todas las revoluciones tecnológicas y logró sobrevivir con sentido. Nadie puede negar hoy que conviven en el mundo tanto la experiencia eficiente de alimentarse como la experiencia placentera y significativa de hacerlo. En ambas, el ser humano encontró un mercado, creó una industria y potenció su creatividad para llevarlo a cabo. Es tan humano asegurarse la alimentación como sentarse a disfrutarla.


Muchas ficciones distópicas plantean justamente la extinción de esa búsqueda de la experiencia placentera de disfrutar una comida, reemplazada por la eficientización operativa de alimentarse. La famosa pastilla con todos los nutrientes necesarios para tu cuerpo. ¿Podrá el ser humano olvidar el valor de sentido que le aporta la experiencia de compartir una cena?


Tomando esto como desafío, creo que allí radica la revolución que debemos fomentar hoy: la de no renunciar a aquello que forma parte de las posibilidades de la experiencia humana. Una creatividad orientada no solo a la eficiencia de un proceso, sino a la búsqueda de un sentido que nos implique. Un territorio que valga la pena defender, sin importar que haya nuevas tecnologías que puedan realizarlo a menor costo, menor esfuerzo y, sobre todo, menor sentido.



Autor: Lic. Juan Francisco Gómez | Director en Creatibe

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